
El blog de las grandes esperanzas
#15
Una noche de martes como otra cualquiera. Pablo se ha encendido un porro para ver Rick y Morty y yo ando con el portátil, cascos puestos, a ver si pesco algún vídeo estúpido que pasarle a mis colegas por whatsapp. Le enseño a Pablo uno bastante básico, la típica ostia de un chaval que no tiene muy claro cómo se usa un monopatín, y el cabrón se descojona, síntoma inequívoco de que el porro ya está haciendo efecto. Justo cuando termina el segundo capítulo de la noche me propone pedir unas pizzas. Nunca falla, es como un reloj suizo, o más bien como un reloj de cuco con un pajarito fumado que se dedica a canturrear la hora de la bajona. En fin, yo no tengo ganas de cocinar, como de costumbre, así que acepto sin más. Al cabo de media hora llaman al timbre. A estas alturas a mi compañero ya no lo levanta del sofá ni la grúa de un astillero, la regla del "pares o nones" no es de aplicación cuando hay opiáceos de por medio. Vamos, que me toca a mi abrir la puerta.
No me puedo creer la cara que me encuentro al levantar la mirada de las dos cajas de pizza, pero antes de que me de tiempo a reaccionar él ya me ha dado una palmada en la espalda, que no se me han caído las pizzas al suelo de puro milagro. El repartidor de Glovo es el maldito Diego Lorenzo. Diego era un chaval de Granadilla, un pueblo a diez minutos del mío, que estuvo en nuestra clase durante toda la secundaria. Era un tipo brillante y culto, con respuesta para todo y para todos, pero al mismo tiempo era el desgraciado más echado a perder que he conocido nunca. A nivel académico podría haber hecho cualquier cosa, pero se limitaba a hacer lo que a él le daba la gana. Faltando a la mitad de las clases, sacó el bachiller por los pelos, aprobó selectividad y se matriculó en Políticas. Durante el primer año de carrera todavía lo veía de vez en cuando en el antro al que uno va mientras el resto de la ciudad se prepara ya el desayuno, pero hacía ya años que le había perdido la pista, de ahí mi sorpresa al verlo plantado en el rellano de mi edificio. Seguía igual que siempre, coqueteando con la desnutrición, con los pantalones vaqueros caídos y el pelo rapado al uno. Por supuesto, lo invité a entrar. Lo primero que hizo al llegar al salón fue sacarle de la mano el porro a Pablo y darle una calada. Cuando este, después de unos segundos, fue consciente de la situación, se levantó como un resorte del sofá y se dieron un abrazo. Yo no daba crédito.
- Joder chavales, no sabéis cuánto me alegra veros. ¿Qué habrán pasado, cinco o seis años? Quizá más. Al que sí suelo encontrarme es a Raúl Bestilleiro, ¿os acordáis de él? Ese hijo de puta no para de pedir hamburguesas, tendríais que ver cómo se ha puesto. Aunque bueno, vosotros también habéis cogido unos quilillos, sinvergüenzas, se nota que vivís bien. Yo nada, sigo igual de flaco que siempre, ya me veis. El sueldo de repartidor no es que de para muchos banquetes, y menos aún cuando la mitad acaba en manos de mis colegas, los príncipes de la economía sumergida, ya me entendéis -me guiña un ojo y da otra calada al porro-. Que no sé si os lo habrá comentado alguno de los de clase, Fran Ruiz o algún chusma similar, pero dejé la carrera después del segundo año. Estudiar no es para mi, ya lo sabéis, no puedo dejar mi culo quieto durante dos horas para leer estupideces que no me interesan, eso no va conmigo. Así que dejé la uni y me puse a trabajar, porque qué iba a hacer si no, ¿volver a casa con mis padres? Prefiero colgarme de una viga antes que volver a la cárcel a la que esos cabrones denominan hogar. He estado currando desde entonces en varios sitios, de aquí para allá, ganando cuatro perras con las que poder costear mis vicios. Mi intención es ahorrar un poco de pasta y largarme a Tailandia. ¿Habéis visto Tailandia? Es el jodido paraíso, y allí con cuatro chavos eres el maldito rey del mambo. Sí, ese es el objetivo, Tailandia. Montar una tiendecilla al lado del mar y vivir allí tranquilo el resto de mis días. Que les den por culo, me largo y no vuelvo más. ¡Hostia, esperad un momento!
Salió corriendo del piso, y antes de que Pablo y yo pudiésemos salir del shock en el que nos había dejado tanta verborrea, volvió a entrar al salón con otras dos cajas de pizza.
- Mirad lo que traigo para la bajona, chavales. Supongo que ese tal Jorge tendrá que buscarse la vida para cenar esta noche -me da un codazo mientras suelta una carcajada-.
- Cabrón, que te echan del curro seguro -le dice Pablo-.
- Bah, me pueden comer los huevos. No pagan una mierda y trabajo como un puto esclavo. Mañana les dejó allí la mochilita, y si te he visto no me acuerdo. Ya encontraré otro curro, no hay problema. Bueno, contadme un poco vuestra vida. Dani, ¿sigues con Alicia? Espero que no la dejases escapar, macho. Madre mía, qué culazo tenía, el mejor que he visto en mi vida, sin duda. Espero que Tailandia esté repleto de culitos como ese -y me da otro codazo-.
Terminamos las pizzas y charlamos durante otras dos horas, de las cuales Diego copó el noventa por ciento de la conversación, por supuesto, e intercambiamos números para quedar otro día. "Esto hay que repetirlo", no paraba de decir. Pero sabíamos que no sería así, Diego era demasiado imprevisible como para poder localizarlo tan fácil. Así que nos despedimos con un fuerte abrazo y nos deseamos suerte.
Unos siete meses más tarde hablaron por el grupo de whatsapp que todavía mantenemos los de la clase de bachillerato. Era Miguel, preguntaba si alguno de nosotros sabía algo de Diego, su hermana estaba muy preocupada porque hacía ya varios meses que no daba señales de vida. Que sus padres no supiesen nada de él era algo normal, pero siempre había mantenido la relación con su hermana pequeña. Le hablé para contarle nuestro encuentro, aunque yo sabía que esa información no valdría de nada, Diego habría dado ya veinte saltos en diferentes direcciones desde entonces. A mi me gusta imaginar que lo consiguió, que está en Tailandia cortejando a las jovencitas locales. Sea como fuere, sé que allá donde esté, ya sea en Asia o tirado en una cuneta, seguirá con dos monedas en el bolsillo y una sonrisa en los labios.
T
#14
De pequeño pensaba que mi tía Ángeles era agricultora. Bueno, no es que lo creyese, es que mis padres me lo habían confirmado, un poco entre risas, el día que se lo pregunté en el coche después de pasar una tarde en su casa. Era verano, y mis padres tenían que acercarse a la ciudad para hacer unas compras. Como tenían que visitar muchas tiendas y no querían que yo anduviese por allí pululando, molestándolos cada dos por tres, me dejaron en casa de mi tía. No era la primera vez que iba, pero sí era la primera vez que me quedaba a solas con ella. Vivía en una casa de piedra marrón y tejado negro de pizarra, con un pequeño porche en la entrada dónde ponía una mesa para comer al aire libre durante el verano. Se encontraba al final de un sendero de piedrecillas y tierra por el que había que desviarse desde la carretera nacional, y flanqueado por un bosque de pinos que dejaba el camino totalmente a la sombra.
Mi tía no era muy dada a los juegos y a las bromas, y yo tampoco tenía demasiado trato con ella, así que decidió enseñarme la huerta que tenía en la parte trasera, un poco más allá del pequeño jardín dónde yo había jugado a la pelota las últimas veces que la habíamos visitado. Así que allí me tuvo una hora, enseñándome todos los árboles, arbustos, verduras, hortalizas y flores que tenía plantados. Aquel día me quedé sorprendido por dos razones: la primera, que con todas las veces que había estado en su casa nunca hubiera visto la huerta antes, ya que el terreno era por lo menos igual de extenso que el resto de la casa; la segunda, y más importante, por la pasión con la que mi tía describía todas y cada una de las especies vegetales que allí cultivaba. Siempre había considerado una persona desinteresada, aburrida, incluso un poco desagradable, pero a partir de aquella tarde cambió mi relación con ella; empecé a visitarla más a menudo, la mayoría de las veces solo, para que me enseñase los trucos del cultivo. Estaba interesado particularmente en las tomateras y los fresales, pues requerían un trato más complejo y delicado; ella solía prestar más atención y tiempo de enseñanza a los árboles frutales, eran sus favoritos.
Gracias a aquellas visitas comencé a comprender quién era mi tía Ángeles, en parte por lo que me contaba ella, en parte por lo que me contaban mis padres cuándo les preguntaba al llegar a casa. Aunque los hechos de su vida coincidían, las valoraciones que hacía cada una de las partes era completamente diferente. Mi tía me contaba las anécdotas de su vida sin incluir apenas nunca a terceras personas de por medio. Mi padre, sin embargo, dejaba caer detalles para evidenciar el carácter egoísta de Ángeles. Hacía especial hincapié en las historias que involucraban a una tal Begoña. Al parecer habían sido amigas inseparables desde la infancia, uña y carne, hasta que Begoña se casó. Seguían viéndose a menudo, incluso Begoña arregló alguna cita doble para que mi tía encontrase un marido. Pero a medida que pasaban los años se le iba agriando el carácter, así que ni encontró (o no quiso encontrar) a nadie, y poco a poco también ellas abandonaron la vieja tradición del café y la charla. Al morir sus padres, Ángeles ya apenas salía de casa ni se relacionaba con nadie. Vivía de las frutas y verduras que vendía en el mercado del pueblo de vez en cuando, para pagar alguna factura. Al año siguiente le detectaron un cáncer a Begoña. Estuvo alrededor de un mes ingresada en el hospital, pero mi tía nunca le hizo ni siquiera una visita. Cada vez que Begoña la llamaba, en parte para buscar un poco de conversación, y en parte para intentar retomar su vieja amistad, Ángeles se mostraba evasiva. Hablaban un par de minutos y mi tía cortaba la llamada alegando que estaba muy ocupada con la huerta. Cuándo Begoña le insinuaba que le haría bien una vista, Ángeles le salía con la misma cantinela: la huerta, sus árboles, los insecticidas que no funcionaban, los puerros que no salían... No le importaba nada que no saliese del terreno de su casa. Ahí fue cuándo su amistad se quebró definitivamente.
Llegó un momento en que yo era la única persona con la que mi tía Ángeles mantenía un trato medianamente regular. Una mujer de más de sesenta años que solo se relacionaba con un niño de doce, que cada vez la visitaba menos y ya empezaba a interesarse por otros temas más emocionales que la horticultura. Si la salud mental es un pórtico que descansa sobre tres robustas columnas (amigos, pareja y trabajo), el de mi tía se apoyaba únicamente en una enclenque columna de madera, llena de frutas y verduras. Así que cuándo una devastadora tormenta arrasó su huerta en octubre, su cabeza simplemente no pudo soportarlo. Los ataques de ansiedad y pánico que sufrió desembocaron en una depresión brutal, hasta el punto de que mis padres, después de intentar en vano animarla, decidieron llevarla a un centro que le prestase la asistencia adecuada.
Allí llevaba un par de semanas cuándo recibió una visita del todo inesperada, Begoña pasó por allí para ver cómo se encontraba. Mi tía se echó a llorar nada más verla entrar por la puerta de la habitación, y le pidió perdón una y otra vez, mientras Begoña se limitaba a decirle que no pasaba nada, que todo era agua pasada y que lo importante era que se pusiese bien. Empezaron a verse tres veces a la semana, y al cuarto viernes los médicos decidieron dejarla volver a casa.
Su amistad volvió a recomponerse por completo, como una reminiscencia de la infancia, sin forzarla lo más mínimo. Pasaban las tardes charlando en el parque del pueblo, o en el café de la plaza si el tiempo no acompañaba. Ángeles incluso accedió a conocer a un viejo amigo del marido de Begoña, con el que se le veía paseando por el puerto algunas mañanas soleadas de domingo. Yo nunca había visto a mi tía tan alegre y cercana con los demás, incluso venía a vernos ella a nuestra casa, algo totalmente inaudito. Supongo que al final la desgracia es elemento necesario par la catarsis, tocar fondo y coger impulso para volver a la superficie.
A pesar de que mi tía ya no prestaba demasiada atención a su huerta, estaba preciosa el día que fui a visitarla en marzo. Llena de flores silvestres y con los árboles repletos de frutas de todos los colores. Al fin y al cabo, siempre llega la primavera.
T
#13
Es todavía demasiado temprano para que haga tanta calor. No me jodas, si se ha derretido el hielo y el café sigue igual. ¡Y ya no me quedan más hielos! En fin, al menos hoy corre un poco de brisa, estos últimos días han sido como unas minivacaciones en el sótano de Satanás, con barbacoa incluida. Estoy hasta los huevos de despertarme pegado a las sábanas, se acartonan en dos días y yo no tengo tantos recambios. Aunque más me jode todavía no dormir ni cinco horas; y, sin embargo, no puedo culpar al calor de esto, siempre he sido capaz de dormir como un oso independientemente de la temperatura ambiental. Pero ya hace unos meses que esto ha cambiado. Es un tanto irónico, siempre fantaseando con lo bien que dormiría si no tuviese que trabajar, y ahora que estoy sin trabajo no duermo una mierda. En realidad no es irónico, es una putada, porque tengo una cantidad ingente de horas muertas y ni siquiera puedo concentrarme lo suficiente para leer un libro, por culpa del cansancio. "¿Y por qué no aprovechas ese cansancio para dormir un poco y levantarte despejado?", preguntaría cualquier cabeza pensante. Pues amigo, porque no funciona así. Cuando cojo un libro no termino durmiéndome, sino leyendo el mismo renglón una y otra vez, en bucle, sin enterarme de nada. Es una literatura un tanto repetitiva. Por lo tanto, mi máximo entretenimiento es apoyarme en la barandilla del balcón e imaginarme la vida de la gente que pasa por delante. Lo peor de este juego es que nunca puedes saber hasta qué punto has acertado con tus predicciones. Más de una vez he tenido la tentación de bajar a la calle para constatar mis habilidades deductivas, pero siempre he acabado descartándolo porque: a) en general la gente no le cuenta su vida a un loco que les pregunta sin motivo aparente, y b) como la pregunta sea un tanto comprometedora o personal lo mismo hasta acabo llevándome una hostia. Por lo tanto, me limito a observar y convencerme de que tengo las capacidades de un gran detective de novela policíaca.
Hay muy poca gente por la calle esta mañana, se nota que es domingo. Los domingos se aprovechan para descansar bien antes de volver a la maldita rutina de escuchar el despertador a las siete, y lo que es peor, tener uno que levantarse. Aunque a mí esta obligación tan socialmente inquebrantable siempre me ha parecido un tanto relativa. En fin, a parte de dos o tres almas madrugadoras, solo se ve al grupillo que cada fin de semana viene a ayudar con la preparación de la misa que se celebra en la iglesia de la esquina. Es una capilla realmente pequeña, muy vieja, pero siempre está atestada de fieles. Estas personas, por razones obvias, no son de ningún interés para mis conjeturas. Todo lo contrario sucede con la dependienta que trabaja en la panadería de enfrente, quién está acaparando toda mi atención últimamente. Por su apariencia diría que tiene más o menos mi edad. Es alta, delgada y morena; muy guapa. Aunque lo que más destaca, sin duda, es su sonrisa: amable, sincera, radiante. De las que llegan al alma. Se llama Antía, al parecer. Este mes he bajado casi a diario (los días que ella trabaja) a comprar allí el pan. Ahora tengo el congelador repleto de barras congeladas. A ver si algún día me atrevo a decirle algo más a parte de qué tipo de chapata me apetece. Desde luego, soy medio gilipollas.
Esta tarde quizá me acerque a la playa para dar un paseo, seguro que hoy habrá mucha gente interesante. Qué buena aquella anécdota, hace dos semanas, cuando una niña, por equivocación, me dio un balonazo pensando que yo era su padre. Fue muy interesante la conversación con la madre, pidiéndome perdón. Todavía hoy lamento no haber aprovechado la ocasión para corroborar mis dotes detectivescas. Quizá ella sí hubiese accedido a contarme algún detalle sobre su vida, aunque fuese solo por compensar, con educación, el despiste de la hija. Fue una pena, a ver si hoy se presenta otra oportunidad. ¡Coño! Pero tampoco puedo dormirme en los laureles con el paseo, que esta noche ponen ese documental sobre las tribus del Amazonas que anunciaron ayer. Tengo que acordarme de dejar el pollo y la barra de pan a descongelar para hacerme un buen bocadillo.
¡Joder! Ojalá tuviese cojones para bajar a charlar un rato con Antía. No sé lo que me pasa, desde que murió mamá siento como que me falta algo.
T
#12
La habitación era pequeña pero estaba muy bien iluminada gracias a un ventanal que llegaba desde mi cintura hasta el techo y se extendía a lo largo de la pared, dando una reconfortante sensación de amplitud. Los días claros incluso era posible divisar la bahía, y muchos pacientes se entretenían entonces observando el trasiego de los barcos pesqueros que entraban al puerto llenos de pescado, con una bandada de gaviotas siempre como séquito. Era una habitación compartida, pero la otra cama estaba vacía, con las sábanas limpias y perfectamente colocadas, esperando al siguiente inquilino. Aquella misma mañana había fallecido el último que por allí había pasado, el tercero al que mi abuelo había tenido la dudosa suerte de conocer en sus últimos días. El hombre no era muy hablador, pero su simple presencia aportaba la mínima compañía necesaria en un hospital, porque nadie quiere estar solo a la hora de afrontar los demonios que nos cruzan la cabeza en los momentos finales de nuestra pírrica existencia. Escuchar el leve sonido del aire entrando y saliendo de unos pulmones ajenos es suficiente para acallar un poco nuestra vocecita interior.
Mi abuelo tenía por aquel entonces ochenta y siete años, estaba ingresado debido a una infección en el hígado que se había complicado hasta el punto de ser ya una situación irreversible. Apenas se podía levantar de la cama, sabía tan bien como el resto de la familia que no volvería a salir de aquel hospital y, sin embargo, lo afrontaba con un aplomo que mi cabeza era totalmente incapaz de soportar, y mucho menos de entender. El árbitro tenía ya el silbato en la boca para pitar el final del partido y él seguía bromeando como si todavía estuviera en el bar del pueblo tomando un vino. Esa forma tan optimista de afrontar la realidad, cuando la realidad ya no daba ninguna ligera opción al optimismo, me dejaba totalmente descolocado. Yo estaba atravesando una crisis, una de esas depresiones que no se diagnostican pero que se padecen igualmente. Era incapaz de encontrar algún tipo de sentido a lo que hacía y dejaba de hacer, mi vida seguía por una especie de inercia, pero sin atisbo alguno de pasión o convencimiento. Estaba por estar, aunque realmente no estaba. Dormía poco, comía menos, y las pocas interacciones sociales que mantenía eran con el dueño de la carnicería que estaba en el portal de mi casa, pequeñas charlas sobre la procedencia y calidad de la carne que había recibido esa semana.
Estábamos en la habitación viendo el telediario, a finales de febrero; había sido un día claro y se colaban al atardecer los últimos rayos del Sol para dar a la habitación un precioso tono anaranjado. Apagué la televisión y me incorporé un poco, mi abuelo se me quedó mirando expectante, sabedor de que algo me andaba en la cabeza. '¿En qué piensas? ¿Cómo te sientes?', le pregunté, la curiosidad me estaba matando. Entonces sonó una gran carcajada, desde luego excesiva para alguien que está agotando ya sus últimos cartuchos de alientos. Me echó una mirada de complicidad, y con desasosiego me dijo, '¿Cuánto tiempo has estado esperando para hacerme esta pregunta?'. Intenté dar un par de vagas explicaciones, pero ni me hizo caso.
<<Que cómo me siento, me preguntas. Pues tengo la misma sensación que tenía hace diez, veinte o treinta años. Porque realmente, ¿qué es lo que ha cambiado?. Sí, ahora mismo estoy tumbado en una cama sin apenas poder levantarme para mear, pero mis expectativas son las mismas que tenía a tu edad. Otro instante más, otro regalo que recibo, poco más te puedo decir. La muerte es tan certera a los quince como a los ochenta y siete, no hay diferencia; quizá a los quince puedas planear alguna cosilla a más largo plazo, pero eso es insignificante. Y no creas que por estar aquí tirado he pasado por alto esa expresión que llevas arrastrando semanas. Uno es viejo pero no es imbécil, ni ciego; bueno, al menos yo que me he librado de las cataratas -otra carcajada-. Tienes la cara que tuvo tu padre durante mes y medio, más o menos a tu misma edad, y también con él tuve esta charla. Porque la experiencia normalmente es un grado, pero en este aspecto son cinco o seis. Seguramente con él estuve más locuaz, por aquel entonces todavía importaba más mi opinión que el color de mis heces -rió y me guiñó un ojo-, pero el fondo sigue siendo el mismo. - Hizo una pausa-. No intentes mirar más allá de dónde alcanza tu vista, porque eso solo trae frustración y estrés. Tú no has elegido estar aquí, nadie te preguntó tu opinión sobre nacer en un determinado lugar y bajo unas circunstancias que en su mayor medida se escapan de tu control. Pero los regalos que más ilusión hacen son aquellos que uno no espera, ¿verdad?. Esto es todo lo que puedo decirte al respecto, todavía tardarás un tiempo en asimilarlo bien, pero lo harás, igual que lo hizo tu padre hace treinta años y yo hace sesenta. Así que ve pensando un buen chiste sobre deposiciones para hacerle a tus nietos cuando te toque a ti >>. Y me guiñó un ojo, por última vez.
T
#11
4:32, suena el despertador. No me puedo creer la hora que es, así que lo apago. Quince minutos más tarde me despierta mi madre, que después de mucho tiempo disimulando ya no es capaz de contener sus nervios. "Venga Daniel, ya deberías estar vestido. Pégate una ducha rápida que nos tenemos que ir." Entro en la ducha totalmente desorientado, no hace ni dos horas que estaba viendo un capítulo de Frasier; pero en cuanto el agua cae sobre mi cabeza la vida real vuelve a cobrar protagonismo. Ya es día 31 de agosto, hay que coger la maleta y largarse de nuevo, esta vez a Holanda.
El trayecto en coche hasta el aeropuerto transcurre en el más absoluto silencio. Aprovechamos estos últimos momentos juntos en meses para reflexionar cada uno por su cuenta, un clásico en mi familia. Yo, a diferencia de mi madre, estoy tranquilo, más de lo que cabría imaginar conociendo mi afición por ahogarme en vasos de agua. Tramitamos la despedida en el aeropuerto de Santiago sin ningún sobresalto emocional, que ya tenemos una edad. Es en el avión cuando mi cabeza vuelve a su estado natural y hacen acto de presencia los primeros nervios. Sin embargo, siguen sin ser por el cambio de vida, sino por el viaje de dos horas a quilómetros de altura. No tengo pánico a volar, pero digamos que no llevo demasiado bien eso de no estar a ras de suelo. Para colmo, el tráfico aéreo decide unirse al guateque de nervios que acaba de dar comienzo en mi cabeza, el vuelo se retrasa para que yo pueda seguir comiéndome la cabeza un ratito más. Le doy a mi mente una dosis de analgésico en forma de Spotify y parece que la reacción es satisfactoria. Una vez en el aire el cansancio puede con los nervios y duermo hasta que el piloto tiene la poca decencia de despertarme para anunciar que estamos en fase de descenso.
El aeropuerto de Amsterdam tiene un ambiente peculiar, huele a turista resacoso y a medidas antiterrorismo. A pesar de las constantes distracciones intento darme prisa porque mi tren llega enseguida y los andenes al parecer están dónde Cristo perdió la chancla, pero al final el maldito tren decide averiarse en el último momento. Estoy en racha. Al cabo de un rato aparece uno nuevo que en principio, de acuerdo con las cuatro palabras que le he entendido al guardia de la estación, me dejará en Groningen; así que me monto el primero. Al entrar al vagón me cruzo con un hombre que me golpea con la mochila de ochenta toneladas que lleva a su espalda. Por poco me tira al suelo, pero pedir perdón no se le pasa por la cabeza. Parece que la simpatía no es el punto fuerte de esta gente.
El viaje transcurre tranquilo; los extensos prados verdes solo se interrumpen por algún molino de viento solitario, a la espera de algún caballero andante con el que batirse para superar el aburrimiento. Lo único que llama la atención del trayecto es el instrumento que toca el hombre que está sentado a mi lado; una especie de flauta cuya melodía solo escucha él a través de los cascos que lleva conectados. Yo lo miro fascinado, como un adolescente al ver su primera teta. Tras la tercera parada se escucha una voz por megafonía. Yo no entiendo ni una sola palabra, pero la gente ríe, aplaude y comenta lo sucedido; habrán dicho algo gracioso supongo. Le pregunto al flautista electrónico qué es lo que ha causado tanta sensación entre el resto de pasajeros. Habrá que hacer transbordo en la próxima parada si queremos llegar a Groningen, me dice. La verdad es que no yo no le encuentro la gracia, empiezo a pensar que el Sindicato Europeo de Medios de Trasporte -sí, existe, buscadlo en Google- ha decidido boicotear mi viaje. Hago el cambio en Zwolle y me quedo dormido nada más sentarme. Cuando abro los ojos el tren ya está parado. Estoy por fin en mi nueva ciudad. Y mi cabeza, a pesar de todo, sigue sorprendentemente despejada.
T
#10
Mi padre cada vez que me ve un poco agobiado con los exámenes me cuenta la historia de su amigo Eduardo. Porque mi padre es de esa clase de gente que te soluciona cada duda o problema a base de ejemplos. A menudo me pregunto si de verdad habrá conocido a tanta gente o es que goza de una imaginación privilegiada.
Eduardo y mi padre se conocieron en el instituto. "Edu", como él le llama, vivía en una aldea cercana y tardaba más de una hora en llegar a clase cada día. Era un chaval extremadamente delgado, casi desnutrido, aunque supongo que durante aquellos años eso era lo habitual si tu familia se ganaba el pan con sus manos y unos pocos instrumentos de labranza, hoy hubiesen intervenido los Servicios Sociales. Parece que, como la fruta, con el tiempo nos volvemos más blandos. Los días de lluvia y viento mi padre no separaba la vista de la entrada principal, a ese chico una ráfaga traicionera podía traerle una desgracia, y ya se había dado algún caso en el pueblo. Pero Eduardo siempre aparecía, porque ningún temporal podía aplacar sus expectativas académicas. Su padre era agricultor, al igual que su abuelo y su bisabuelo, pero él tenía otros planes, él quería contemplar una placa dorada con las palabras "Dr. Barreiro" grabadas cada vez que entrase a trabajar. Capacidades desde luego no le faltaban porque, además de su gran esfuerzo e interés, Eduardo era también espabilado e inteligente. Mi padre, al contrario que él, era bastante vago y no tenía más ambición que la de trabajar de pescador junto a mi abuelo y un día heredar el barco. Supongo que por eso eran tan buenos amigos, se complementaban perfectamente: uno escuchaba rock, el otro a Mozart; mi padre era del Barça, Eduardo solo sabía hablar de la grandeza del Real Madrid...
Pasaron los años y ambos alcanzaron sus objetivos. Eduardo se fue a vivir a la ciudad y apenas volvía unos días durante el verano, pero seguían en continuo contacto mediante correspondencia, porque una gran amistad, al igual que la perspectiva, se agranda con la distancia. Una tarde de julio se estaban poniendo al día mientras tomaban una cerveza, ya tenían treinta y tres años, mi padre se había casado y le contaba a Eduardo cómo yo estaba arrancando con mis primeras palabras, cuando este se echó a llorar. Al recuperar el habla le explicó a mi padre que había abandonado la consulta hacía ya tres meses. Debido a la dedicación total hacia su trabajo no se había casado, no tenía hijos, y la única relación de amistad que conservaba dependía del cartero. El día que murió su madre y se vio solo su cabeza dijo basta, fue incapaz de encontrar un motivo para volver a ejercer aquel puesto que tanto esfuerzo, empeño y dedicación le había exigido. Mi padre, que no sabía muy bien cómo reaccionar, pues las expresiones emocionales entonces eran todavía propiedad exclusiva de las mujeres, le sugirió que se quedara una temporada con él ayudándole en el barco. Tras cinco años en el mar y dos hijas preciosas Edu decidió armar su propio navío y probar suerte en un pequeño pueblo pesquero de Asturias. Y a pesar de que el oficio es duro y él se hace mayor, se levanta de la cama cada día con una sonrisa en la cara.
Curiosamente yo no he conocido a Eduardo, tampoco he visto nunca su nombre en el remitente de una carta. Sin embargo, hace unos años descubrí, dentro de un baúl lleno de polvo que tenemos en el desván, unos boletines de notas. Debajo del nombre del colegio aparecía el de mi padre. Todo sobresalientes. Desde entonces sé que mi padre, además de sabio, es feliz.
T
#9
El viento golpea con fuerza el lado izquierdo de mi cara, un viento frío y húmedo que se cuela a través de la ría y agita con violencia las copas de los pinos. Me cuesta avanzar en línea recta, pero esto carece de importancia cuando no existe un destino fijado. El doctor Barreiro me ha recomendado no salir de casa en días como este, dice que mis defensas están muy bajas así que es mejor no arriesgarse hasta saber los resultados definitivos. Pero joder, esta brisa es una de las pocas sensaciones que me hace sentir vivo últimamente, suficientes cosas me ha prohibido ya: la sal, las grasas saturadas, el tabaco... Ni siquiera puedo tomar mi copita de vino en el bar antes de la comida. Con lo que uno llegó a ser en su juventud, y ahora la única batalla que me espera es conseguir entrar a la bañera cada mañana sin caerme. "¡Qué indigna es la vejez!", decía mi tío, y qué razón tenía. Ya ni la actualidad política consigue sacar a la luz mi vieja rabia reaccionaria; y no es que falten motivos, con cada telediario encuentro alguno nuevo, pero hace tiempo que me rendí. La sociedad se ha acomodado, no hay esperanza para estas nuevas generaciones, viven engañados pero nada importa mientras puedan comprar ropa cutre o un móvil nuevo de vez en cuando. ¿Para esto me jugué la vida durante aquellos años oscuros? A menudo me pregunto si ha valido para algo.
Cada treinta y uno de diciembre lo mismo, la misma nostalgia todos los años, es inevitable. Desde que murió Alicia apenas consigo encontrar motivaciones para seguir adelante. Mis nietos me proporcionan las pocas alegrías que realmente disfruto, pero cada vez los veo menos. Quiero mucho a mi hijo, pero siempre ha sido débil, desde el primer momento supe que esa mujer haría con él lo que le diese la gana. Me llama a menudo y de vez en cuando viene a visitarme, pero en esa casa se hace lo que Julia manda, y Julia normalmente manda ir cada fin de semana a ver a sus padres, así que yo soy solo el resultado de pequeñas concesiones cuando quiere sacar algo a cambio. Por otro lado, es insoportable ver cómo los amigos van falleciendo poco a poco; apenas quedamos tres para tomar el café -sólo, descafeinado y con una pastillita de sacarina- y echar la partida. Simplemente espero no ser el último y que alguien venga a mi funeral, quizá incluso a pronunciar unas palabras para recordar los viejos tiempos, señalar por un instante mi vacuo e inútil legado antes de que el enterrador eche el último montón de tierra sobre la caja y caiga definitivamente en el olvido.
Me siento en uno de los bancos del paseo para contemplar cómo rompen las olas en la orilla y suena mi móvil, es el doctor. "Me temo que tengo malas noticias -me dice-, se trata de cáncer de colon. Pase el martes por la consulta y hablaremos sobre los procedimientos a seguir de ahora en adelante. Lo lamento." Cuelgo y continúo mirando el mar fijamente. No puedo evitar esbozar una ligera sonrisa cuando caigo en la cuenta. Una nueva batalla.
T
#8
Es la tercera vez que me cruzo hoy con ese hombre. Primero fue en el trabajo, entré al baño y allí estaba lavándose las manos, me miró fijamente durante un segundo y acto seguido se largó. A media tarde lo vi en el gimnasio, sentado en la máquina para ejercitar los hombros, y de nuevo apartó la mirada cuando me fijé en él. Y ahora me lo acabo de encontrar en la cafetería dónde he quedado con Ana. Pasó por mi cabeza la idea de acercarme a hablar con él, porque lo curioso es que el hombre me suena mucho, creo haberlo visto antes. Pero ni siquiera he tenido tiempo, en cuanto he bajado la cabeza para echarle un vistazo a la carta se ha marchado.
"Boas tardes criaça!", me dice Ana con una amplia sonrisa en la cara. Le he explicado mil y una veces que esa palabra es portuguesa y no gallega, pero a ella le da igual, simplemente le hace gracia. He de reconocer que a mí también me gusta cómo suena cuando la pronuncia, la mezcla del portugués con su acento andaluz da como resultado una expresión bastante pintoresca. Conocí a Ana en el supermercado el primer día que llegué a la ciudad. Había bajado de casa sin saber una sola palabra de holandés y sin móvil, que estaba yo más perdido que Sergio Ramos en una biblioteca, así que le pedí ayuda a la mujer que estaba a mi lado comprando una lata de aceitunas. Enseguida detectó mi acento spanglish, y con esa hospitalidad que caracteriza a los andaluces, como si estuviésemos en Córdoba todavía, me explicó un poco como funcionaban las cosas por aquí. Desde entonces quedo con ella de vez en cuando para compartir impresiones, expresar nuestras quejas y tener algo de compañía más allá del trabajo. Y es que cuándo en la empresa me comunicaron mi destino decidí alquilar un estudio para mí solo, convertirlo en mi pisito de soltero y poner en práctica las lecciones que Javier Aznar recoge en su Manual de un buen vividor. Maldito el día. Ahora estoy solo en una habitación claustrofóbica con la única compañía de un ordenador, tres libros y un cactus que me compré en la floristería que tengo debajo de casa. Mi vida ha dado un giro tan brusco que me paso los días vomitando por el mareo. Adiós despreocupación! Hasta luego salir de cañas con los amigos! Hola soledad! Buenos días depresión!
Ana me da un capón y salgo de mi pequeño trance; pedimos café y charlamos sobre el trabajo. Ella lleva aquí ya un par de años, estudió física en Granada y al no encontrar nada en casa salió a buscarse la vida fuera. Antes cogíamos el barco para buscar fortuna en las Américas, ahora la emigración proyecta menos romanticismo. La contrataron en una empresa de ingeniería que se dedica a fabricar componentes para aviones: "tantos años de física cuántica y matemáticas complejas para terminar fabricando tornillos", dice siempre con retranca. En el fondo está tan jodida como yo, pero por suerte para los que la conocemos lo disimula perfectamente.
Pasa una hora, pedimos otro café, y seguimos contándonos anécdotas de nuestra tierra. La morriña a menudo se me hace dura y hace los días demasiado largos, pero el tiempo vuela cuando estoy con ella. Como siempre, me invita a una fiesta a la que irá esa noche con algunas de sus amigas. Yo, como siempre, le doy las gracias y me invento alguna excusa. Últimamente las fiestas me agobian y la cerveza me sabe diferente. A las nueve nos despedimos, me da un beso en la mejilla y fija ya la cita para la próxima semana: mismo día, misma hora, mismo sitio. Estoy convencido de que le gusto un poco, y ella a mí también me parece atractiva, pero he jodido tantas amistades de la misma forma a lo largo de los años que soy incapaz de dar un paso en falso. Esta la quiero conservar intacta.
En el portal de casa me cruzo de nuevo con el hombre. Esta vez me aguanta la mirada. Está ahí, en el espejo, y yo sigo convencido de que lo he visto antes, pero no soy capaz de reconocerlo.
T
#7
En el pueblo en el que vivo, tierra de grandes desamores, hay una pareja que resiste el paso de los años formidablemente, inexpugnable ante las acometidas de la rutina. A estas dos personas se les conoce como "Los amantes de Teruel", para seguir con una coletilla un tanto cruel que añade "...tonto ella y tonto él". Esta calificación se la han ganado tras décadas paseando por las calles de la villa, siempre manteniendo conversaciones aparentemente incoherentes y sin haber entablado ninguna relación con el resto de vecinos -lo cual en un pueblo de unos miles de habitantes es un pecado imperdonable-. A mí siempre me han provocado una gran curiosidad y admiración. A menudo me pregunto si los únicos cuerdos serán ellos, que en este mundo de locos han conseguido darle sentido a sus vidas a base de disfrutar simplemente de su mutua compañía, huyendo de los problemas que a diario alimentan los miedos de aquellos que incomprensiblemente seguimos preocupados por la realidad que nos rodea.
Esta peculiar pareja aparece mucho últimamente en mis pensamientos porque mis amigos han comenzado una moda atroz, demoledora para la vida en grupo tal y como la conocíamos. Una moda de la que solo renegamos dos o tres, empeñados en prolongar nuestra libertad individual hasta que inevitablemente claudiquemos ante la presión social. Estoy hablando, naturalmente, de echarse novia -o novio-. Ha llegado ese momento en el que por edad, sentimentalismos, lujuria, y en algún que otro caso, por amor, la gran mayoría de mis antiguos compañeros de trinchera en la barra del bar han decidido renunciar al onanismo sentimental para abrazar con gran fervor la composición de verbos en primera persona del plural. Y es que ya se ha dado el caso de que en uno de los famosos partidos que organizamos en Navidad de casados contra solteros, estos últimos, por falta de personal, solo pudimos ejercer el papel de trío arbitral. Pocos pero valientes.
Yo, a pesar de los recientes acontecimientos, todavía me mantengo en rebeldía frente a la doctrina dominante. Soy bastante escéptico en cuanto a relaciones se refiere. En parte por egoísmo, porque prefiero satisfacer todos mis pequeños caprichos antes que compartir los de otra persona; en parte por miedo, porque he visto demasiadas veces la cara amarga de los sentimientos que afloran al rendirse al "nosotros"; incluso la he experimentado un par de veces. Sin embargo, cada vez que me cruzo con Los amantes de Teruel todo este escepticismo se derrumba. Al final, lo que realmente vale la pena es encontrar a la persona con la que conversar, agarrados del brazo, hasta que el Sol se ponga por última vez.
T
#6
Subo de último al tren y elijo una plaza sin compañía. No es que me desagrade hablar con el resto de gente con la que he visitado Ámsterdam, sino que tras tantos trayectos entre Madrid y Galicia he aprendido a disfrutar de la magnífica soledad que proporciona el tren. Es algo muy personal. Una vez conectados los cascos, con el último disco de Lorde de fondo, pienso en la ciudad que acabo de dejar atrás. Había escuchado muchas veces comentarios e historias sobre Ámsterdam, pero nunca me habría imaginado el circo que tienen allí montado. Es como Disneylandia, pero con putas y droga en lugar de muñecos y palomitas. A Aneiros le llevo dos regalos: un mechero y el valioso consejo de que nunca se acerque a esta ciudad, por su propio bien. Las cinco horas de sueño y los numerosos quilómetros recorridos a lo largo del día hacen mella y me quedo dormido enseguida.
Al cabo de un buen rato me despierta una mujer haciéndome señas amablemente para que le deje sitio a mi lado. Todavía falta una hora para llegar a Groningen así que decido quitarme los cascos y charlar con ella, tanto para matar el tiempo como para practicar mi inglés, que falta hace. Apertura estándar de conversación de tren: ¿A dónde vas?, ¿cómo te llamas? ¿de dónde vienes?, ¿no te mueres de frío aquí dentro?, y demás clichés. Resulta que la mujer se llama Hannah y también se dirige a Groningen. Llegó hace un año para trabajar en una consultoría bastante famosa.
Hablando sobre trabajo y universidad le comento lo desconsiderados que son los profesores en Holanda, que apenas me dejan días libres para hacer el vago como a mí me gusta. Entonces suelta un comentario que me deja un poco desconcertado, pero lo dejo ir. La verdad es que la mujer es muy simpática. Me cuenta algunas anécdotas sobre su época en la universidad con las que consigue sacarme un par de risas. Yo contraataco contándole batallitas del pueblo, especialmente sobre sucesos relacionados con nuestra afición por el alcohol. Ella se ríe mucho. Su sonrisa muestra una dentadura perfecta, seguramente resultado de un carísimo tratamiento pagado por alguna de las empresas para las que ha trabajado.
La conversación deriva hacia uno de mis temas fetiche para expresar mis quejas sobre la vida en el extranjero: la comida. Le hablo de la estricta dieta que sigo a base de arroz, spaghettis, pizza, pollo y sándwiches. Cuando le estoy desenmascarando los secretos culinarios de mi plato estrella -arroz con champiñones- suelta el segundo latigazo: "Pues más te vale no estropear ese cuerpo, sería una pena. Cuando quieras yo te invito a comer." Y guiña un ojo.
Ahora sí, está claro. Hannah me está tirando los trastos descaradamente. Con la primera indirecta me había dejado un poco descolocado; esta vez ni se ha molestado en disimular. No es muy guapa, no la conozco realmente de nada y por la edad casi podría ser mi madre. Pero llevo tanto tiempo sin comer bien y sin echar un polvo que le propongo cenar juntos esa misma noche al llegar. "Los restaurantes estarán cerrados, así que tendremos que ir a mi casa. Aunque supongo que así ahorramos tiempo." La sutileza desde luego no es lo suyo, pero a mí realmente me da igual, incluso disfruto de ese descaro.
Las caras de mis compañeros al verme bajar con ella del tren son pura poesía. No me voy a casa con una Heidi Klum holandesa -ni mucho menos-, mañana tendré que acercarme hasta la estación de tren andando para recoger mi bici, y me va tocar soportar vaciles durante una buena temporada. Pero como afirman los nutricionistas más reputados, una dieta equilibrada requiere de una serie de sacrificios.
T
#5
Llevaba un par de días leyendo La isla del tesoro de Stevenson. Como siempre he sido una persona impulsiva decidí emular al protagonista y echarme a la mar en busca de aventuras. Bajé entonces al puerto de mi pueblo con gran entusiasmo para alquilar una piragua con la que surcar los mares.
El primer palo me lo llevé al preguntar el precio. Siete euros por cada hora en el agua. Eran muchas Estrella Galicia las que podía comprar con todo ese dinero, pero la emoción de la aventura y la llamada del mar fueron capaces de frenar la del alcohol -si llega a presenciar un cura la escena, la llamada al Vaticano exponiendo el milagro hubiera sido inmediata-. La chica que me estaba atendiendo tenía aproximadamente mi edad y era bastante guapa, así que cuando me dio el chaleco salvavidas enseguida le dije altivamente que esa chorrada no iba conmigo, que yo era un hombre de mar. Aquella actitud de machito alfa me acabaría saliendo cara. Una vez escuchadas las lecciones básicas sobre la dinámica de remo me lancé al agua con la cabeza llena de ilusiones. Es posible que en una de las playas de la costa me encontrase una pelota, un barco naufragado, o lo que sería aún mejor, una veraneante despistada a la que le interesasen mis historias.
Los primeros minutos fueron especialmente placenteros. La brisa, el agua, el sol... Yo estaba disfrutando de cada segundo como un niño con unas botas de fútbol nuevas. El problema llegó a los veinte minutos cuando el sol desapareció tras la típica nube gallega y comenzó a levantarse viento y oleaje. El tabaco y el alcohol ya hacían mella. Los brazos me pesaban como troncos y el mar se ponía cada vez más en mi contra. Decidí girar para acercarme a la primera cala que tenía a babor cuando una ola levantó la piragua y me dejó a merced de Poseidón. Al cabo de un par de segundos, cuando conseguí reaccionar, la pala no se veía por ningún lado y la piragua estaba boca abajo. Con las pocas fuerzas que me quedaban y después de tragar un litro de agua conseguí subirme de nuevo. Enseguida se levantó más oleaje y empezó a llover con fuerza. Aquel maldito chaleco hubiese sido mi única posibilidad tangible de sobrevivir así que comencé a rezar, o al menos lo intenté. No había pisado una iglesia en mi vida, ni siquiera estaba bautizado, así que solo soltaba frases que había escuchado en películas. La estampa no podía ser más lamentable.
Fue entonces cuando alguno de los personajes a los que apelé se apiadó de mí e hizo pasar un pequeña lancha motora por donde me encontraba. Al verme allí, de rodillas y gritando, el hombre se ofreció para acercarme a tierra. Debió pensar que estaba loco o borracho, pues aquellas olas en realidad no levantaban más de medio metro, la escena de desesperación no estaba demasiado justificada.
Cuando llegué al muelle acerqué la piragua al club y la dejé en su sitio con la ayuda de la chica de antes. Sin decir una sola palabra ni separar la mirada de mis pies le di un billete de veinte euros empapado y me alejé a toda prisa.
Desde entonces no he vuelto a leer un libro de aventuras.
T
#4
Pablo, Javi y yo estamos, como cada noche de verano, sentados en la terraza de Cociña tomando unas cervezas mientras cada uno expone su receta para mejorar el mundo. Es julio, el pueblo ya comienza a inundarse de veraneantes así que puede que haya por fin algo de ambiente nocturno, inexistente el resto del año.
Mis ilusiones de encontrar a una "chica bien" que me pueda sacar del engorroso deber de trabajar ya están al alza, así que soy yo el que abre la veda. "Bueno, ¿pasamos ya a las copas, no?". Las acusaciones de incitación al alcoholismo no se hacen esperar. Uno defiende que no es moralmente correcto salir de fiesta un miércoles. El otro lanza el argumento más utilizado en nuestro pueblo, de unos ocho mil habitantes, que es la ausencia de la cantidad de gente necesaria, como si hubiera un umbral preestablecido por debajo del cuál se prohíbe permanecer en la calle más allá de las tres de la mañana.
La discusión se prolonga durante una hora, ya con la segunda copa de ron en la mano. Cuándo nos damos cuenta de la situación estamos totalmente borrachos en el único pub abierto. Las predicciones de Pablo eran correctas. Dentro del local hay trece personas, los de siempre: nosotros, el camarero, un grupo de cuarentones con las mismas ganas de volver a sus casas que nosotros, y "Los cuatro fantásticos". Ni rastro de mi salvoconducto hacia la vida contemplativa.
"Los cuatro fantásticos" son dos hombres y dos mujeres del pueblo que ostentan el record histórico de asistencia al pub. Sea el día y la hora que sea, mientras esté abierto, puedes encontrarlos en la mesa del fondo. Las malas lenguas dicen que esto se debe a que allí desarrollan su negocio de compraventa al por menor, pero yo solo consigo ver a cuatro balas perdidas que han encontrado un refugio donde ahogar sus penas.
Pasamos la noche escuchando sus historias de los años noventa, de cuando Pontedeume estaba en pleno apogeo y cada viernes se convertía en una especie de Magaluf gallego. Nosotros intentamos colar alguna anécdota de cosecha propia entre tanta pastilla y música techno para ver si conseguimos traerlos de vuelta al mundo real, pero hace ya mucho tiempo que decidieron parar el reloj.
A las siete de la mañana, después de haber desayunado el bocadillo de albóndigas de rigor, Javi plantea la pregunta que pone fin a toda noche de "fiesta": ¿Vamos a La fuente?. La fuente es un prostíbulo a diez minutos en coche de nuestro pueblo. El nombre tiene algo de filosófico, de apelación a los instintos básicos del hombre. "La fuente de la felicidad". Sin embargo, el nombre se lo puso el dueño porque hay un manantial a cien metros. Casualidades de la vida.
Aunque debido a la embriaguez y la soledad las ganas de echar un polvo nos rebosan por los poros, rechazamos la iniciativa apelando a la (poca) decencia que nos queda a esas horas de un jueves. Ahora bien, la paja al llegar a casa no nos la quita nadie.
T
#3
Agarré el despertador. Las ocho y media de la mañana. Estaba claro que ya no podría dormir más, los nervios comenzaban a golpearme el estómago. Después de un rato contemplando el techo de mi habitación decidí levantarme y preparar el desayuno.
Mi madre estaba en la cocina, tomando un café con la mirada perdida. Desde que le habían diagnosticado aquella enfermedad me la encontraba a menudo con la misma expresión, como buscando un remedio en el horizonte, ya que en el hospital no lo hacían. Cuando se percató de mi presencia sonrió. Había algo mucho más importante para ella que la enfermedad; que su hijo nunca llegara a preocuparse.
- Buenos días cariño. ¿Cuántos goles vas a marcar hoy?
- No se. Eso da igual. Lo importante es ganarles.
Siempre había sido un poco egoísta en lo que a fútbol se refiere. Prefería marcar tres goles y perder que volver a casa sin haber sentido aquella electrizante sensación de introducir el balón en la portería rival. Aunque esto no lo admitía nunca en público, la frase de aquella mañana era totalmente sincera. Odiaba a todos y cada uno de los jugadores del equipo contrario. Incluso me había peleado con uno de ellos.
Un día, después de otra reprimenda de mi profesora por mis malas notas, al bajar al patio uno de aquellos chicos me dijo algo, ni siquiera recuerdo qué. En ese momento todo el último año se me echó encima de golpe, sin avisar. Vi a mi madre llorando en la cocina porque mi padre se había largado con una compañera de trabajo. Vi su expresión de preocupación constante. Vi a la profesora gritándome. Vi cómo mi mejor amigo se tenía que mudar de ciudad por el trabajo de su padre. Vi a nuestro casero exigiéndonos el dinero del alquiler de los últimos cuatro meses. Vi todo eso. Y luego no vi nada. Cogí una piedra que tenía a mi lado y le golpeé la cara con ella. Me expulsaron del colegio al día siguiente.
Había llegado el día de librar otra batalla contra aquellos que me habían humillado. En mi corazón solo había hueco para la rabia. En mi cabeza la única proyección que se encontraba en cartelera ese día mostraba a unos niños vestidos de verde llorando desconsolados, tendidos sobre el césped, mientras yo les mostraba una copa reluciente. No pronuncié una sola palabra desde el desayuno hasta despedirme de mi madre al llegar al campo, estaba demasiado centrado en aquella imagen.
Para mi sorpresa, en el vestuario el silencio era todavía mayor. Mis compañeros estaban tan nerviosos o más que yo. Al fin y al cabo teníamos once años. Ganar la copa era el mayor acontecimiento de nuestras vidas, aunque sus motivaciones no eran las mismas que las mías. El entrenador antes de saltar al campo nos dijo cuatro frases sobre disfrutar del partido. Yo no las oía, o no quería escucharlas. Pasaron los últimos cinco minutos de proyección y por fin llegó el momento de la verdad.
Ganamos el partido por cuatro goles a uno, de los cuales yo había marcado tres. Se había culminado la venganza. Aquella batalla entraría en los libros de historia, junto a la de Trafalgar. Al acabar el partido miré al palco y vi a mi madre llorando. Esta vez, a diferencia de todas las anteriores, lloraba de alegría.
La proyección se había convertido en realidad. Todos estaban llorando cuando fuimos a recoger la copa. Era el momento. Sin embargo, para mi sorpresa, cuando me acerqué a ellos comencé a consolarlos uno a uno. El fútbol había transformado toda aquella rabia en orgullo. La victoria era moral.
T
#2
Es sábado por la noche y no me quiero quedar en casa por nada del mundo. El día ha transcurrido entre mi habitación, leyendo el último libro que por suerte ha caído en mis manos; y el salón, contemplando con resignación cómo el Madrid levantaba de nuevo un partido en los últimos minutos. El lunes tengo el primer examen y debería haberme leído el libro de Derecho Laboral, pero eso de estudiar no ha formado parte de mis planes últimamente.
Pasan en la tele un anuncio de Cola Cao en el que una madre tiene preparada la merienda cuando su hijo llega del entrenamiento. Es un anuncio muy tierno. Pienso entonces en mi madre, en lo preocupada que ha estado estos últimos meses por mi culpa, y de repente una lágrima se desliza por mi mejilla. Salir de casa se convierte entonces en una cuestión de necesidad.
Me acerco a la habitación de Pablo. Lleva cuatro días seguidos relacionándose únicamente con su trabajo de fin de grado y alguna que otra página web de esas que se borran del historial una vez finalizada la tarea. "Vamos a tomar una birra al bar". Pablo necesita salir de casa tanto o incluso más que yo, así que ni me contesta, simplemente comienza a vestirse.
Con la primera cerveza hablamos del trabajo que tiene que entregar la semana siguiente. A mí el tema no me interesa lo más mínimo, pero entiendo que es importante para él y le hago el mayor número de preguntas que puedo. Llega el momento fatídico en el que me pregunta por mi examen. Bromeo un poco y le digo que está tirado, cambiando de tema rapidamente. Es lo último de lo que me gustaría hablar en ese momento.
Cuándo vamos por la tercera jarra se nos acerca Cholín, uno de esos clientes que parece que forme parte de la decoración del bar. Hoy lleva puesta su fragancia particular, que consiste en una mexcla perfecta entre tabaco, ginebra, vómito y deshodorante. Eau de Cholín, la llamamos.
Comienza a divagar sobre las mujeres, sobre el daño que le han hecho a los hombre a lo largo de la historia. Habla sobre Cleopatra, sobre Yoko Ono, incluso sobre la enfermera de Alguién voló sobre el nido del cuco. Hemos escuchado ese discurso unas cien veces, pero siempre asentimos y le damos bola porque el hombre nos da un poco de lástima. Hace un año Fran, el dueño del bar, nos contó que su mujer se había largado con otro sin avisar, de la noche a la mañana, dejándolo sin blanca y con el corazón totalmente roto. Desde entonces la cuenta en el bar no ha dejado de subir.
Con la sexta cerveza ya casi no recordamos nuestros nombres. Pablo me habla, o más bien suelta algunas frases inconexas, sobre una chica de su clase con la que ha estado quedando los últimos meses. Asiento y suelto palabras para que piense que en efecto le estoy haciendo caso, pero ya hace media hora que mi cabeza solo piensa en la chica que está en la barra tomándose un roncola mientras lee un libro. Tiene el pelo claro, los ojos verdes, y las mejores piernas que he visto en mi vida.
Termino la jarra y dejo a mi compañero solo, aunque él ni se da cuenta. Al acercarme a la barra veo que está leyendo El conde de Montecristo. "Menudo cabrón ese Villeftort", le digo. Ella sonríe y me contesta: "Danglars se lleva la palma". Le devuelvo la sonrisa y me presento. Pasamos una hora hablando sobre literatura y fútbol. No me creo el grado de perfección que ha alcanzado esa mujer en solo una hora.
Después de quince minutos dándole vueltas dentro de mi cabeza me decido a pedirle el número. No me lo va a dar, es imposible que eso pase, es la mujer perfecta y no se va a conformar con un sinvergüenza como yo. Sin embargo ella sonríe, saca un bolígrafo del bolso y me escribe nueve dígitos en la servilleta. "Pensaba que no me lo pedirías nunca". Me pellizco disimuladamente para constatar que no estoy soñando, o alucinando debido al alcohol. "Bueno, cuando quieras llámame, tomamos una cerveza y rajamos un poco más sobre el Madrid". "Es mi pasatiempo favorito", respondo. Ella vuelve a sonreir, me da un beso en la mejilla y se marcha.
Pablo lleva durmiendo ya hora y media encima de la mesa. Lo levanto, nos despedimos de Fran y tomamos el camino a casa. "Noche épica", me dice, o eso creo, mientras lo dejo en la cama. Al final ni Pablo ni yo recordábamos el motivo que nos había obligado a salir de casa. Quizá el adjetivo "redentora" sea el adecuado.
T
#1
Después de demasiados días nefastos ya era hora de levantarse de la cama y pegarse una ducha. La última conversación que había tenido con Rosario había conseguido levantarle un poco el ánimo. "Todo va a salir bien. Has entrdo en una dinámica depresiva y es por eso que ves todo con ojos pesimistas. Mañana nos vemos y te animas un poco". Hacía ya un par de meses que se habían distanciado, pero ambos sabían que aquello era fruto únicamento del miedo.
Tras una ducha de quince minutos, en la que el jabón quitó más tristeza que suciedad, cogió el paquete de Chester y salió de casa. Habían quedado en un café del centro así que tardaría una media hora en llegar. Debido a los nervios y las ganas de abandonar de aquella habitación apestosa salió con más de una hora de antelación. Tenía unas ganas desmesuradas de verla, pero al mismo tiempo sabía que no le convenía, que probablemente saldría de aquel café más triste de lo que había entrado. Siempre había comparado con su relación con el tabaco. Sabía que lo más probable es que no le reportase nada bueno, pero no podía resistirse, le gustaba demasiado.
Después de tres cigarros y un café llegó ella, puntual como siempre. Nunca la había visto tan guapa. Tenía la piel morena después de haber pasado la Semana Santa en una isla del Caribe y llevaba puesto un vestido blaco, de primavera, que marcaba los contornos de su cuerpo a la perfección. Apareció en su cabeza el primer destello de que aquello había sido una mala idea.
La dinámica del encuentro fue la misma de siempre. Primero, un saludo tímido, como de dos personas que apenas se conocen pero que quieren aparentar amabilidad. A continuación la charla se centraba en temas triviales para ponerse un poco al día ("¿Cómo te van las clases?", "¿Qué tal las vacaciones?"...). Una vez superados estos primeros pasos, al descubrir por fin quién era la persona a la que tenían enfrente, el tiempo se detenía. Un mes antes, leyendo el periódico, apareció ante él una frase atribuida a Einstein: "Una hora sentado con una chica guapa en un banco del parque pasa como un minuto, pero un minuto sentado sobre una estufa caliente parece una hora". No tenía la menor idea sobre la relatividad, pero aquello era una verdad universal, dijeran lo que dijeran los científicos.
Rosario miró el reloj y él vio en su cara que ese impass de felicidad llegaba a su fin. "No me lo puedo creer, son ya las diez. Lo siento Dani, tengo que volver a casa. Mañana tengo el examen de ginecología y todavía tengo que repasar". Su mente volvió de golpe a la habitación.
Tras un par de bromas y una despedida bastante contenida ella salió a toda prisa. Él sin embargo pidió otro café y se quedó contemplando por el ventanal a la gente que pasaba. ¿Tendría toda aquella gente tan mala suerte como él? Pasó una hora más allí dentro, hasta que la habitación lo arrastró hacia sí con una fuerza imparable.
Llegó a casa y se metió en la cama. Pasarían días hasta recibir un nuevo Whatsapp y poder volver a respirar el aire fresco.
T